Existe un consenso generalizado: el nivel de ingresos de los padres predetermina el lugar social de los hijos. Por ejemplo, Barros et al. (2009) reportan que en Colombia un estudiante que proviene de una familia aventajada tiene una probabilidad del 95% de terminar Secundaria a tiempo, mientras que dicha probabilidad para un niño proveniente de una familia con desventajas en su nivel socioeconómico llega al 15%. En este caso, el niño aventajado tiene una probabilidad seis veces mayor de completar sexto grado que la del niño con desventajas.

En contraste, para Chile, la razón entre dichas probabilidades es de dos a uno a favor del niño aventajado. En este inicio desigual de la forma como se culmina la Secundaria se encuentra gran parte de las causas de la desigualdad; evidentemente no todas, la distribución, o redistribución previa de la renta, será una causa determinante, pero lo que realmente ofrecerá un horizonte de futuro es que el hijo de familias con menores ingresos puede aspirar razonablemente a superar la situación económica de sus padres, mientras que la de mayores ingresos ha de entender que su estatus no lo tiene garantizado.
 
Las anteriores consideraciones, basadas en las observaciones empíricas, se ven dotadas de base teórica en el marco de referencia establecido por la obra de Pikkety, en el sentido de que, al crecer más rápidamente el capital que la renta nacional, la herencia se convierte en un factor decisivo de desigualdad y de su propagación en el tiempo. Pero incluso asumiendo como exacta la tesis del economista francés, hay que añadir que existen fundamentos para considerar que las diferencias iniciales de renta no son ni mucho menos las únicas variables en juego sobre lo que determina la movilidad social. El estudio de Javier Elzo, sobre la capacidad educadora de las familias catalanas y el bajo rendimiento socializador del tipo de familia que denomina “progresista”, la de mayor nivel de renta y educación, señala una variable importante. En una versión distinta pero en una línea convergente en cuanto a los resultados, se encuentra el conocido trabajo de Chetty (2004), que señala la importancia de la situación de la familia en la movilidad social. En realidad, la diferencia considerable observada por Barros entre Colombia y Chile apunta también a la existencia de otras razones además de los ingresos, sobre todo si consideramos que la enseñanza en Chile presenta un grado de privatización muy superior al de Colombia y, por consiguiente y en el marco de una determinada teoría interpretativa, es mucho más propicio a reproducir la desigualdad que comienza con los peores resultados en Secundaria.
 
Un aspecto decisivo de la vida social es la medida en la que se da una situación de igualdad de oportunidades que se traduce en movilidad social. Como menor sea esta, mayor es la desigualdad estructural que se produce. En este sentido, profundizar sobre sus causas es muy importante.
 
En Where is the Land of Opportunity? The Geography of Intergenerational Mobility in the United States, de Chetty, N. Hendren, P.Kline, E. Saez, señalan que al menos en Estados Unidos existen cinco características significativas que se dan en las áreas que presentan una elevada movilidad social. Son estas: menos segregación racial y de ingresos entre barrios, sistema educativo de mejor calidad, mayor nivel de participación de la comunidad, menor desigualdad de ingresos, y estructuras familiares más fuertes. La asociación entre la movilidad social y sus causas queda fijada en cada territorio por la fracción de individuos que trabajan y viajan menos de 15 minutos para trabajo (segregación), el cociente de Gini (desigualdad), las tasas de deserción escolar ajustado por los ingresos(calidad de la escuela), el índice de capital social, y la fracción de los niños con las familias monoparentales (estructura familiar). Tenemos así presentes unos factores que juzgo como característicos de la capacidad de generar movilidad social: menor división social del espacio, capacidad generalizada para formar el capital humano, disponibilidad de capital social, menor desigualdad de renta, y la cuestión de la familia, que Cheritty define como “familia fuerte”, es decir estable.
 
En términos más concretos, el mencionado informe subraya que hay muchos estudios que han argumentado que la estabilidad de la familia juega un papel clave en los resultados de los niños y cita en concreto al trabajo de referencia de Becker y su Tratado sobre la Familia (también se refieren a Murray 1984, Murray 2012). Para evaluar si tal hipótesis era correcta, utilizaron tres medidas de la familia basada en datos del Censo del 2000: (1) la fracción de niños que viven en hogares monoparentales, (2) la fracción de los adultos que están divorciados, y (3) la fracción de los adultos que están casados y viven en familias estables. Estas tres de medidas están altamente correlacionados con la movilidad ascendente. Son las familias estables, “fuertes”, aquellas que ofrecen con diferencia mayores posibilidades de que los hijos mejoren la situación económica de sus padres. Además, la estructura familiar se correlaciona con la movilidad ascendente, no sólo a nivel individual, sino también a nivel de la comunidad, tal vez –consideran- porque la estabilidad del entorno social también incide, y esta referencia nos conduciría por la vía del mayor peso de familias estables en una comunidad, al capital social que sabemos que está en el fundamento (Becker) de los resultados en la escuela.
 
En este contexto de análisis, la fracción de familias monoparentales en la movilidad relativa en todas las áreas. Un aspecto no menor es que los autores consideran que sus resultados sugieren que la fracción de los padres individuales puede capturar parte de la variación en otros factores, en particular el nivel de desigualdad en los ingresos. Es decir que las familias estables, como dispondrían de una renta mejor a causa de su estabilidad, estarían incidiendo por esta vía en las mejores expectativas de los hijos.
 
La conclusión es que el trabajo de Chetty ofrece un nuevo retrato de la movilidad intergeneracional en los Estados Unidos, y que varía sustancialmente entre regiones. Por ejemplo, la probabilidad de que un niño alcance el quintil superior de la distribución del ingreso nacional a partir de una familia en el quintil más bajo es de 4,4% en Charlotte (Carolina del Norte), pero el 12,9% en San José (California). Sus resultados les permiten afirmar en relación al futuro que la desigualdad y las tasas de monoparentalidad (en aumento) en las últimas décadas auguran un ligero descenso de la movilidad. Por el contrario, la disminución de la segregación racial y de las tasas de deserción escolar predicen un aumento de la movilidad de magnitud similar.
 
Su conclusión principal es que la movilidad intergeneracional es un problema local, que podría abordarse mediante políticas basadas en el lugar (Kline y Moretti 2014), traducido en términos europeos podríamos decir que los estados de la Unión, y en el caso de España las comunidades autónomas, incluso los grandes municipios, podría desarrollar políticas favorables a la movilidad social. Y que en ellas el factor familia, por su efecto multiplicador, posee una función clave, en tanto que actúa directamente a través del proceso educativo, puede influir como colectividad de familias estables en la escuela y en la comunidad, generando capital social, y a través de la estabilidad de la unidad familiar facilita la obtención de una renta mejor y una mejores redes familiares de apoyo, es decir más capital social.
 
 
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