De niño -como para la mayoría de quienes leen estas líneas-, Navidad tenía sabor a regalos y fiesta. Sin embargo, poco a poco, con los años, fui gustando a Jesús como el único regalo deseable y en el empeño por alcanzarlo, el sacerdocio y este encuentro íntimo con Él en la Eucaristía se ha constituido en una auténtica fiesta.

Sí, este es un tiempo de espera vigilante, en el que hay que estar despiertos ¡Adviento!… Es como cuando nos enamoramos y esperamos con ansia ver a la persona amada, o saber de ella; siempre en tensión deseando que suene el teléfono o que llegue un mensaje de texto. Si esto ocurre, ¡qué alegría! En ese preciso momento se detiene el mundo entero.
 
En el Adviento, para el que ama, ocurre lo mismo; ¡porque es Jesús, el Amado, quien viene a visitarnos! El mismo que vino hace dos mil años, viene a nuestra vida; invitándonos al mismo tiempo, a la espera de Su segunda venida gloriosa, cuando pondrá morada definitiva entre nosotros, enjugando tus lágrimas y las mías, las de todos los ojos… Luego, «no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21, 4). Estos serán los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos desde ahora.
 
Es hermoso ver que en este tiempo se coloquen muchas luces y adornos en las casas y por las calles. En mi tierra, por ejemplo, hay barrios enteros que se adornan para estas fiestas. Y esto se hace porque celebramos la venida de la Luz, del Niño Jesús, en medio de la humanidad.
 
Este Adviento coronado en Navidad es una nueva oportunidad para encontrarnos con aquella Luz que es capaz de iluminar y dar sentido a nuestra existencia. ¡Todos necesitamos ver, porque caminar en las tinieblas quiere decir vivir sin saber adónde ir!
 
La luz manifiesta visiblemente quien es Dios. Precisamente fue un científico no creyente quien hace algún tiempo me lo recordó. Llegados a un cierto punto en la conversación, me dijo: “Si Dios existiera, tendría que ser luz” y me quedé maravillado, porque el primer capítulo de San Juan dice justamente que “Cristo es la luz verdadera”.
 
La luz tiene además una relación muy profunda con el ‘velar’, porque la luz viaja a una velocidad infinitamente superior a la capacidad de movimiento del hombre; así también los creyentes esperamos a quien llega sin avisar y que nos sorprende.
 
El Evangelio del pasado domingo 30 de noviembre terminaba diciendo: «Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!» (Mc 13, 37). La palabra velar en hebreo tiene la misma raíz que la palabra almendro, que es uno de los primeros árboles que florece en primavera; por esto podríamos decir que velar es la primera oportunidad que el Señor nos regala para encontrarlo y acogerlo en nuestra vida. Adviento es un tiempo privilegiado en el cual Dios se manifiesta. Despertémonos y busquemos la luz, la huella de nuestro amado Jesús.
 
 
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