Debemos reconocer que somos hombres débiles que nos enfrentamos, como dice san Pablo, a las potestades y dominaciones espirituales (Ef 6, 12), por lo que nuestras armas para derrotarlas no pueden ser sino espirituales, como lo menciona la misma carta de san Pablo.

Cuando hablamos de oración, tenemos que entendernos como “hombres de oración”. San Pedro de Alcántara decía que debemos de tener al menos dos horas de oración.

Si revisamos el evangelio y la vida de Jesús, nuestro maestro, vemos que Jesús pasaba las noches en oración (Lc 6, 12), esto lo mantenía fuerte. Nosotros no debemos pensar que podremos ahuyentar al enemigo de la “natura humana” si no somos hombres de oración.

Es necesario que el exorcista pase, como diría santa Teresa, “largas horas en oración...”; de manera que el misterio de Dios transforme su corazón y lo llene de fuerza y sabiduría.

Como parte de esta sabiduría necesaria para el exorcismo, si nosotros somos asiduos y lo pedimos, el Señor no nos negará el don de “discernimiento de espíritus”, como lo presenta san Pablo en su carta a los Corintios (1 Cor 12, 10).

Esta sabiduría es importante para poder ayudar a los hermanos en dificultad y saber qué es lo que está pasando en él, incluso desde las primeras entrevistas.

Para quienes no están dedicados a este ministerio de forma completa, sino que lo tenemos que compartir con otros encargos, sobre todo quienes además tienen el oficio de párrocos, el tema de la vida espiritual puede ser realmente complicado e, incluso una trampa muy sutil de Satanás para hacer ineficaz nuestro ministerio.

Esto lo refiero a que se ha hablado hoy mucho de la “Espiritualidad pastoral”, en donde se pretende que nuestro trabajo pastoral compense el tiempo de oración, de “exclusividad con el Señor”. Hermanos, nuestras eucaristías —y todas las labores que como pastores debemos hacer—, en mi opinión, no suplen la intimidad diaria con el Señor. Considero que esto es una trampa que ha llevado a muchos hermanos en el ministerio a abandonar la oración personal, y con ello la vida de santidad; a muchos los ha llevado a no tener, ni siquiera, el rezo de la liturgia o a hacerlo de forma apresurada, como quien tiene que cumplir con una obligación. Esto destruye, o al menos limita mucho, la posibilidad y capacidad de luchar con el demonio, especialmente en los casos más complicados.

La oración es fundamental en la vida sacerdotal; forma parte de nuestro ministerio, pues es lo que permite al Espíritu Santo configurarnos con Cristo, y da como resultado una profunda conversión.

Debemos ser concientes de que, como decía al principio, nuestra lucha es contra las potestades celestes, y que el demonio va a buscar con todos los sacerdotes —pero sobre todo con nosotros exorcistas—, llevarnos a la mundanidad. Su ataque es persistente y despiadado. Lo hace espacialmente con la tentación: pensamientos, oportunidades para regresar y adaptarnos al mundo. Su insidia la conocemos bien, y no son pocos los sacerdotes, e incluso exorcistas, que viven una doble vida, si no de pecado grave, sí de mundanidad.

Todo esto es resultado de una oración tibia, ya que la falta de intimidad con Dios nos priva de su luz para discernir estos pensamientos y así guiarnos silenciosa y lentamente a una vida lejos del poder de Dios.

Los antiguos maestros de oración del desierto advertían a sus discípulos sobre este terrible mal y los prevenían para estar alerta. Les enseñaban que en la oración se había de preguntar a cada pensamiento que llegara a sus mentes: “¿de dónde vienes? ¿Quién te mando? ¿Qué quieres?”

Toda esta luz viene de nuestros largos ratos de oración. Recordemos que la peor situación que hoy viven nuestros presbíteros es la terrible mundanización, que nos hace pensar y sentir como el mundo, perdiendo la dimensión espiritual.

No nos engañemos ni dejemos que el demonio nos engañe. Es tan astuto el enemigo que, para ayudar a que el exorcista se mundanice, hace la finta en los exorcismos de que se va, que el exorcista tuvo éxito, pero ni se va y sí hace que la vanidad de éste crezca. De esta forma lo hace pensar “lo vencí y puedo seguir siendo como soy”.

En ocasiones, el exorcismo se realiza, no por la santidad del sacerdote, sino porque el demonio le está apostando a la perdición eterna del sacerdote. Conozco de un caso de quien fuera un excelente sacerdote, con grandes dones de sanidad y poder sobre los espíritus inmundos. Poco a poco fue dejando su oración; fue creciendo su popularidad; era llamado a los encuentros para que predicara, para que sanara, etc. Sin embargo, llegó al extremo de haber tenido relaciones sexuales poco antes de realizar una extraordinaria sanidad en una muchacha —la cual no me extraña que haya sido realizada por el mismo demonio—. Hace ya mucho tiempo que no lo veo... he pedido mucho al Señor por él, para que regrese al camino. Pero vivía engañado y caminando en las sendas de la oscuridad del Tenebroso.

San Pacomio, uno de los grandes maestros de oración y de vida espiritual del desierto, decía:

“Cuando me veía afligido por las tentaciones infernales, huía cerca de Dios derramando lágrimas con humildad, con ayunos y noches de vigilias, entonces el adversario y todos sus espíritus quedaban impotentes frente a mí, el ardor divino venía a mí y de repente reconocía el auxilio de Dios, porque en su clemencia da a conocer a los hijos de los hombres su fuerza y su bondad”.

Oren, oren -decía Jesús a sus apóstoles-, para que no caigan en la tentación. (Mt 26, 41).

 
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