Comentario al Evangelio del domingo 9 de marzo, Mateo 4,1-11

El demonio, el satanismo y otros fenómenos relacionados son de gran actualidad e inquietan no poco a nuestra sociedad. Nuestro mundo tecnológico e industrializado pulula de magos, brujos urbanos, ocultismo, espiritismo, escrutadores de horóscopos, vendedores de hechizos, de amuletos, así como de auténticas sectas satánicas. Expulsado por la puerta, el diablo ha entrado por la ventana. O sea, expulsado por la fe, ha vuelto a entrar con la superstición.
 
El episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto, que se lee el primer domingo de Cuaresma, nos ayuda a aportar un poco de claridad a este tema. Ante todo, ¿existe el demonio? Esto es, ¿la palabra "demonio" indica de verdad alguna realidad personal, dotada de inteligencia y voluntad, o es simplemente un símbolo, un modo de hablar que indica la suma del mal moral del mundo, el inconsciente colectivo, la alienación colectiva y cosas por el estilo? Muchos, entre los intelectuales, no creen en el demonio según el primer sentido. Pero se debe observar que grandes escritores y pensadores, como Goethe o Dostoiewski, tomaron muy en serio la existencia de satanás. Baudelaire, que no era ciertamente trigo limpio, dijo que «la mayor astucia del demonio es hacer creer que no existe».
 
La principal prueba de la existencia del demonio en los evangelios no está en los numerosos episodios de liberación de posesos, porque en la interpretación de estos hechos pueden haber influido creencias antiguas sobre el origen de ciertas enfermedades. Jesús tentado en el desierto por el demonio: ésta es la prueba. Prueba son también los muchos santos que han luchado en vida contra el príncipe de las tinieblas. No son quijotes que pelearon contra molinos de viento. Al contrario: fueron hombres y mujeres concretos y de psicología sanísima.
 
Si muchos encuentran absurdo creer en el demonio es porque se basan en libros, pasan la vida en bibliotecas o en el escritorio, mientras que al demonio no le interesa la literatura, sino las personas, especialmente los santos.

¿Qué puede saber sobre satanás quien jamás ha tenido nada que ver con su realidad, sino sólo con su idea, esto es, con las tradiciones culturales, religiosas, etnológicas sobre satanás? Esos tratan habitualmente este tema con gran seguridad y superioridad, liquidando todo como «oscurantismo medieval». Pero se trata de una falsa seguridad. Como si alguien se jactara de no temer un león aduciendo como prueba el hecho de que ha visto muchas veces su imagen y jamás le ha dado miedo. Por otro lado, es del todo normal y coherente que no crea en el diablo quien no cree en Dios. ¡Sería hasta trágico si alguien que no cree en Dios creyera en el diablo!
 
Lo más importante que tiene que decirnos la fe cristiana no es, en cambio, que el demonio existe, sino que Cristo ha vencido al demonio. Cristo y el demonio no son para los cristianos dos principios iguales y contrarios, como en ciertas religiones dualistas. Jesús es el único Señor; satanás no es sino una criatura que «se perdió». Si se le concede poder sobre los hombres es para que estos tengan la posibilidad de hacer libremente una elección y también para que «no se ensoberbezcan» (2 Co 12,7) creyéndose autosuficientes y sin necesidad de redentor alguno. «Qué locura la del viejo satanás -dice un canto espiritual negro--. Ha disparado para destruir mi alma, pero ha errado el tiro y destruyó en cambio mi pecado».
 
Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos daño si nosotros no lo queremos. Satanás -decía un antiguo padre de la Iglesia--, tras la venida de Cristo, es como un perro atado en la era; puede ladrar y abalanzarse cuanto le plazca; si no nos acercamos, no puede morder. ¡Jesús en el desierto se liberó de satanás para liberarnos de satanás! Es la gozosa noticia con la que iniciamos nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua.

 
 
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