Ver

Son deprimentes algunas escenas que transmiten los medios informativos de las sesiones en las Cámaras de Senadores y Diputados federales y estatales. Algunos se ufanan de las vulgaridades que dicen, con un lenguaje no sólo ofensivo, sino lépero y vulgar. Uno se pregunta cómo llegaron a ese lugar tan importante. No saben dialogar; es decir, no saben escuchar, atender razones de los contrarios, valorar las opiniones diferentes, sino sólo atropellar, ofender e intentar imponerse a como dé lugar.

Es muy preocupante que la mayoría de los legisladores son creyentes de diferentes opciones cristianas y muchos católicos, y esto no se refleja en su vida y en el ejercicio de su cargo. Piden el bautismo y otros sacramentos para su familia; pero su fe no se manifiesta en las propuestas que hacen, en su estilo de discutir, en sus votaciones. A algunos les importa más seguir los dictados del gran jefe nacional, que analizar seriamente sus arranques mañaneros. Quieren hacer méritos ante el partido mayoritario para seguir ascendiendo, y no exponerse a que los discriminen por sus creencias.

He participado en muchísimas reuniones en diferentes niveles, desde parroquia, decanato, zona pastoral, diócesis, seminario diocesano, provincia eclesiástica, conferencia episcopal, un sínodo mundial, un sínodo americano y dos conferencias generales del episcopado latinoamericano y caribeño, en algunas ocasiones con más de 250 participantes. Hemos aprendido a proponer, a defender puntos de vista, pero también a escuchar y valorar opiniones divergentes, a cambiar de opinión, a respetar límites en las intervenciones verbales. A veces se nos permitía hablar hasta ocho minutos; otras veces, cinco; y otras, tres o un minuto; y si intentas seguir hablando, te cortan el sonido del micrófono y debes sentarte. La verborrea y la terquedad no son signo de sabiduría y prudencia.

Pensar

La Congregación para la Doctrina de la Fe, entonces presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger, el 24 de noviembre de 2002, emitió una Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. Comparto algunos párrafos, que pueden orientar a los legisladores católicos:

No es posible callar sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones. La vida democrática tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son “negociables”. Quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la precisa obligación de oponerse a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto”.

Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia, que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio”.

Actuar

Si eres legislador, analiza estos criterios. Si no lo eres, compártelos con senadores y diputados, haciéndoles llegar este artículo y otros documentos. Dialoguemos con ellos, para que sean fieles a su fe y no adoren ídolos de hoy.
 
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