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Allá por los inicios de la década 1960, para llegar a mi pueblo, había una brecha de tierra por la que sólo podían transitar camiones altos de redilas. En tiempos de lluvias, con mucha dificultad se avanzaba, por tantos lodazales y atascaderos. Se pidió insistentemente al gobierno estatal que mandara maquinaria, para hacer una buena carretera, aunque de momento sólo fuera de terracería. Como no se les hizo caso, la gente se organizó y todos los lunes salían con palas, picos, azadones y carretillas a abrir una mejor vía. El párroco siempre les acompañó, trabajando con ellos. Las mujeres les llevaban alimentos y agua. Cuando el gobierno vio el empeño del pueblo, mandó máquinas y, con el tiempo, se pavimentó la carretera. La organización comunitaria resolvió este problema. Lo mismo hicieron para que hubiera luz eléctrica, escuelas, clínica de salud y otros servicios.

En este año, por tanta lluvia, se han formado varios agujeros y baches en la carretera pavimentada, que complican la circulación. Los presidentes de los dos municipios por donde pasa, no hacen caso de taparlos, porque se gastaron el dinero en sus recientes campañas electorales. Ante esto, se organizaron los productores de jitomate, chile, aguacate y flor del pueblo, y con sus recursos rellenaron los hoyos con cascajo, aunque sea algo provisional. La organización comunitaria resolvió esta situación, sin esperar que todo lo haga el gobierno.

En varias diócesis, sobre todo del sur del país, se ha promovido lo que se llama Trabajo Común Organizado (TCO), que es la organización comunitaria para enfrentar diversas necesidades de los pueblos, sin ayuda de los gobiernos. Se organizan los pequeños productores de café, cacao, miel, etc., algunos se constituyen en cooperativas, y exportan sus productos a Europa y al Norte del continente, con lo que mejora un poco su economía. No se quedan esperando que todo se los resuelva el gobierno, ni sólo lamentando su situación. El pueblo organizado es una fuerza de cambio.

Cuando fui presidente de la OSLAM (Organización de Seminarios Latinoamericanos) (1983-1986), tuve que visitar Cuba. Me llamó la atención lo que obispos y sacerdotes me comentaban: Como todo dependía del gobierno castrista, la gente se hizo muy dependiente e indolente, pues no se permitía la iniciativa privada, ni una organización comunitaria que no fuera la oficial. Todo lo tenía que resolver el gobierno. La gente se organizó en secreto y miles huyeron de la isla, pues querían progresar y vivir en libertad.

Pensar

El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, dice:

“En algunos barrios populares, todavía se vive el espíritu del “vecindario”, donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos lugares que conservan esos valores comunitarios, se viven las relaciones de cercanía con notas de gratuidad, solidaridad y reciprocidad, a partir del sentido de un “nosotros” barrial” (152).

“Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna. Por ello insisto en que ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias” (162).

“Gracias a Dios, tantas agrupaciones y organizaciones de la sociedad civil ayudan a paliar las debilidades de la comunidad internacional, su falta de coordinación en situaciones complejas, su falta de atención frente a derechos humanos fundamentales y a situaciones muy críticas de algunos grupos. Así adquiere una expresión concreta el principio de subsidiariedad, que garantiza la participación y la acción de las comunidades y organizaciones de menor rango, las que complementan la acción del Estado. Muchas veces desarrollan esfuerzos admirables pensando en el bien común y algunos de sus miembros llegan a realizar gestos verdaderamente heroicos que muestran de cuánta belleza todavía es capaz nuestra humanidad” (175).

“A partir del amor social, es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos. El amor social es una fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy” (183). “Es un acto de caridad el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria” (186).

Actuar

Organicémonos para hacer ver a los gobernantes las necesidades de nuestros pueblos y pedir que las atiendan, porque para eso pagamos impuestos. Es necesaria la organización comunitaria, porque a uno solo no le hacen caso. Pero no esperemos que todo lo haga el gobierno; organicémonos en todo lo que podamos, y entre nosotros mismos tratemos de atender las necesidades de la comunidad y de los excluidos. La organización comunitaria es fuerza de transformación. También al interior de las comunidades eclesiales.
 
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