Mirar

 

Estamos iniciando un nuevo año y nos deseamos felicidad, salud, paz, trabajo, amor y tantos otros buenos deseos, que esperamos se cumplan para todos; sin embargo, pareciera que, con sólo desearlo, eso se logrará. O pensamos que son los demás quienes deben cambiar, para que nuestra vida sea mejor. O le dejamos todo a Dios, para que El haga lo que nos corresponde a nosotros. Hay quienes no tienen esperanza, porque han sufrido tanto que pareciera que esa es su suerte fatal, sin ninguna luz que dé otro color a su existencia. Por ello, se multiplican los suicidios, o se legitima la eutanasia.

 

Hay partidos políticos que se presentan como la esperanza para la sociedad, como si fueran la única solución para los graves problemas que padecemos. Es de reconocer su esfuerzo por mejorar varias cosas, pero todo suena más a propaganda electoral que a resultados constatables. Nosotros tenemos otros datos.

 

El difunto Papa Emérito Benedicto XVI escribió una extraordinaria encíclica, titulada Spe salvi (SS), sobre la esperanza cristiana, el 30 de noviembre de 2007. Es poco conocida, pero tiene tanta profundidad y actualidad que, por ello, comparto algunos de sus párrafos. La esperanza que propone no es una evasión hacia el más allá, sino una fuerza para construir juntos el más acá, a partir de nuestra fe en Cristo, como nos dijo en varias ocasiones: “Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. La lógica del amor y del servicio, contenido esencial del Evangelio, os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza” (6-X-2010).

 

Discernir

 

“Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento» (SS 27).

 

“Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme” (SS 32). “En la oración nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un «final perverso»” (SS 34).

 

“Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal” (SS 48).

 

Actuar

 

Pidamos al Espíritu Santo y a la Virgen María que nos ayuden a vivir en esperanza, a pesar de todo, y a ser constructores de esperanza para la familia, para la comunidad y para la patria. De nosotros, con la ayuda de Dios, depende que muchas cosas sean mejores.

 

 

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