Me considero un bendecido por Dios… si bien es cierto las cosas no siempre fueron fáciles para mi, estoy feliz con mi ministerio sacerdotal. Digo que las cosas no fueron fáciles, pues me tocó un periodo de la historia de Chile muy doloroso como fue el golpe de estado. Muchos campesinos quedaron a la deriva y todo lo que habíamos logrado se perdió. Estuvimos en el desamparo más absoluto, volvimos a ser inquilinos y condenados a vivir como peones de los nuevos patrones que se apoderaban del país.
 
Sin embargo en esa realidad, la fe y la Iglesia fueron el consuelo y la fortaleza para muchos de nosotros. Cuando descubrí que yo no podía estar toda mi vida dedicado a ser peón de un patrón, trabajando sin descanso, sin ver el fruto de nuestro esfuerzo, decidí que tenía que terminar mis estudios medios. Lo hice sin dinero y con un tremendo esfuerzo, caminando casi 10 kilómetros de noche para culminar el cuarto año de enseñanza media en el único liceo nocturno de la zona. Fui el primero en terminar estudios en toda mi familia, en generaciones, el primero también de mi comunidad donde viví y de ahí muchos otros lo hicieron posteriormente cuando las cosas cambiaron y comenzaron a existir posibilidades para ello.
 
¡Ese deseo interior que me dio valor y me hizo volar alto fue el Señor! Él puso en mi camino las oportunidades y me exigió a cambio la fe y la confianza en Él. La iglesia me brindó apoyo moral y en muchos casos me acogió y me animó en la persona de mis directores espirituales que me acompañaron y me ayudaron a descubrir qué deseaba el Señor de mi.
 
Estudié en una Universidad sin tener  becas, sin dinero. Cuando quedé aceptado solo dije: “Señor si tú me has dado esta oportunidad, yo la tomo y haré lo humanamente posible por aprovecharla”. Los recursos los puso El….
 
Mi vida siempre estuvo de la mano del Señor y yo me dejé conducir. Me equivoqué muchas veces y sin embargo nunca dejé de sentir el inmenso amor que El me tenía… Sentí su mano protegiéndome, su ternura levantándome cada vez que caía y cada vez que me soltaba de su mano me sentía solo y desamparado. Sólo a su lado encontraba paz y gozo.
 
Recuerdo que siempre recé mucho y eran unos diálogos tan lindos y llenos de sentimientos y de sueños. Siempre quise ser sacerdote, pero siempre pensaba en lo mismo: “No soy digno”. Para mí era algo inalcanzable, grande, sublime y sagrado con lo cual sólo podía soñar. Pero al menos ese sueño me daba gozo y llenaba mi interior…
 
Era un profesional exitoso, un buen agente pastoral junto con una de mis hermanas. Teníamos a cargo servir a una comunidad. Nos esforzábamos por ser creativos, con mucha iniciativa y teníamos la gracia de contar con una comunidad de catequistas muy dinámica y alegre. Viajamos todos a ver al hoy beato Papa Juan Pablo II al Estadio Nacional de Santiago de Chile… esa imagen marcó nuestras vidas.
 
De ese grupo salieron varios sacerdotes y religiosas, matrimonios que aún perseveran y algunos ya son abuelo. Fueron tiempos hermosos, maravillosos…
 
En ese contexto se juega mi vocación. Trabajaba como profesor en un colegio de gran dificultad, en situaciones sociales complejas. Vivía una relación con una muchacha hacía ya varios años y pensé en muchos momentos formar una familia con ella. Sin embargo había en mí un vacío que no se llenaba. Lo conversamos con mi director espiritual, un monje benedictino, quien me dijo: “No puedes seguir pensando en si puedes o no puedes, no estás en edad para eso, debes tomar una decisión”. 
 
A partir de ese momento comenzó un discernimiento vocacional como última instancia determinante. Estuve un año participando en jornadas vocacionales a escondidas de todos mis amigos y parientes para tener la libertad de decidir sin presión alguna (estamos hablando    de cuando ya tenía 31 años…).
El último día de la jornada tuvimos que escribir una carta de petición de entrada al seminario y antes de escribirla le pedí al Señor que me mostrara un signo concreto de que no estaba equivocado con la decisión. Tomé la Biblia, oré y luego la abrí. En ese momento quedé impresionado: “No temas…” (Evangelio de Lucas la Anunciación). Con el tiempo descubrí que esa frase aparece más trescientas veces en la Sagrada Escritura y me ha acompañado en todo mi proceso, desde que inicié el discernimiento hasta hoy.  
 
El día que me comunicaron que había sido aceptado en el Seminario, sentí una sensación maravillosa que nunca antes había vivido y en ese momento se llenó ese vacío existencial que experimentaba y nunca más lo volvía a sentir.  Durante mi tiempo como seminarista tuve muchas dudas, pero había adquirido un compromiso con el Señor: “Hacer todo lo humanamente posible en este tema”. Eso me ayudó mucho a superar las crisis… Me ordenaron diácono y responsable de la pastoral vocacional de la diócesis. Esa fue mi escuela de humanidad. Luego serví como formador del Seminario por ocho años acompañando desde mi pobre realidad humana a los postulantes… Muchos sacerdotes y religiosas de mi diócesis fueron fruto de esa acción del Señor en nuestras vidas. Los pude acompañar en su periodo de discernimiento, todos salieron desde los encuentros vocacionales que se celebraron en nuestra diócesis, fue un tiempo intenso de gloria para el Señor donde él me preparó para vivir lo que vendría después: La cárcel, la Parroquia donde estoy desde hace 14 años y la Renovación Carismática que me ha hecho tanto bien…
 
Ninguna de estas cosas las he buscado, han llegado solas, porque el Señor así lo ha querido. Trabajando siempre en pastoral de fronteras, con gente humilde, con los que viven el dolor y en el abandono, con aquellos que no se sienten comprendidos ni amados, con ellos he aprendido a amar al ser humano y aceptar sus miserias y pobrezas. Ahí Dios me ha mostrado su rostro. Cada vez que abrazo un preso o a una persona que acude a mí buscando consuelo, siento que es a Cristo a quien abrazo y amo. Me siento abrazado y amado por Él en ese momento. Yo consuelo y El me consuela, yo entrego y El me da…

Llevo 21 años desde que fui ordenado diácono y 20 de sacerdote. Todo ha sido hermoso y no me canso de alabar al Señor por las maravillas que ha hecho en mí. El me tomó de lo hondo de la fosa, de las tinieblas del fondo me levantó, me restauró y me dio Nueva Vida. Creo que lo más hermoso que me ha sucedido es ser sacerdote y soy inmensamente feliz. Soy muy pero muy feliz y el Señor ha hecho felices a muchas personas a través de mí, comenzando por los que me aman. Si algún joven lee este articulo y está buscando ser feliz le recomiendo que se acerque al Señor y El le dará la felicidad que busca y el consuelo en todas sus tribulaciones. Creo que no hay nada más hermoso que ser sacerdote, sobre todo hoy… Siempre de la mano de la Virgen, sin miedo, sin temor. Sólo hay que decir que sí… ¡¡¡Bendiciones!!!

 
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