Un amigo mío comparte esta historia. Era hijo único. Cuando tenía poco más de veinte años, seguía soltero, se estaba forjando una carrera de éxito y vivía en la misma ciudad que su madre y su padre. Su padre murió, dejando viuda a su madre. Su madre, que había centrado la vida en su familia y en su hijo, quedó comprensiblemente devastada. Gran parte de su mundo se derrumbó, había perdido a su marido, pero aún tenía al hijo.

 

Los años siguientes no siempre fueron fáciles para ese hijo. Su madre había perdido gran parte de su mundo, salvo a él, y él sentía una gran responsabilidad hacia ella. Vivía para sus visitas. Sus días libres y sus vacaciones tenía que pasarlos con ella. Por mucho que quisiera a su madre, era una carga que le impedía tener la vida social y la libertad para otras relaciones que anhelaba; y le impedía tomar algunas decisiones profesionales que de otro modo habría tomado. Tenía que cuidar de su madre, estar a su lado.  Como se puede adivinar, los momentos que pasaron juntos fueron a veces una prueba de lealtad y deber para el hijo. Pero él lo hizo fielmente, año tras año. No había nadie más en quien su madre pudiera apoyarse.

 

Cuando la salud de su madre empezó a empeorar, ella vendió su casa y se trasladó a un recinto para mayores. La mayoría de las veces, en su día libre, el hijo recogía a su madre, la llevaba a dar una vuelta por el campo y luego a cenar antes de dejarla de nuevo en su miniapartamento. Un día, mientras conducían en silencio por una carretera rural, su madre rompió el silencio con unas palabras que le sorprendieron y, por primera vez en mucho tiempo, captaron toda su atención.

 

Ella le dijo lo siguiente: «Algo enorme ha sucedido en mi vida. He renunciado al miedo. Toda mi vida he tenido miedo de todo: de no estar a la altura, de no ser lo bastante buena, de ser aburrida, de ser excluida, de estar sola, de acabar sola, de acabar sin dinero o sin un lugar donde vivir, de que la gente hablara de mí a mis espaldas. He tenido miedo de mi propia sombra. He renunciado al miedo. ¿Y por qué no? Lo he perdido todo: a mi marido, mi lugar en la sociedad, mi casa, mi aspecto físico, mi salud, mis dientes y mi dignidad. Ya no tengo nada que perder, ¿y sabes una cosa? Me alegro. Ya no tengo miedo de nada. Me siento libre como nunca antes. He renunciado al miedo».

 

Por primera vez en mucho tiempo, él empezó a escuchar con atención lo que decía su madre. También sintió algo nuevo en ella, una nueva fuerza y una sabiduría más profunda de la que deseaba beber. La siguiente vez que la llevó a dar una vuelta en coche, le dijo: «Mamá, enséñame eso. Enséñame a no tener miedo».

 

Ella vivió dos años más y durante esos años él la llevó a pasear en coche por el campo y a comer y cenar juntos; y recibió de ella, de esa nueva fuerza que había en ella, algo que no había podido conocer antes. Cuando finalmente ella murió y él perdió su presencia terrena, lo único que pudo hacer para describir lo que ella le había dado en aquellos últimos años fue utilizar términos bíblicos: «Mi madre me dio a luz dos veces, una desde abajo y otra desde arriba».

 

No es fácil renunciar al miedo, ni enseñar a otros a superarlo. El miedo nos atenaza tanto porque durante la mayor parte de nuestra vida tenemos, de hecho, mucho que perder. Así que es difícil -aunque comprensible-, evitar vivir con mucho miedo durante la mayor parte de nuestras vidas. Además, no se trata de ser maduro o inmaduro, espiritual o terrenal. De hecho, a veces, cuanto más maduros y espirituales somos, más apreciamos la preciosidad de la vida, de la salud, de la familia, de la amistad, de la comunidad, todo lo cual tiene su propia fragilidad y todo lo podemos perder. Hay buenas razones para tener miedo.

 

No es casualidad que la madre de este hombre fuera capaz de ir más allá del miedo sólo después de haber perdido casi todo en la vida. Dios y la naturaleza lo reconocen y lo han incluido en el proceso de envejecimiento. El proceso de envejecimiento está calibrado para llevarnos a un lugar en el que podamos renunciar al miedo, porque a medida que envejecemos y perdemos cada vez más salud, importancia en el mundo, atractivo físico, seres queridos y dignidad, cada vez tenemos menos que perder, y cada vez menos que temer.

 

Éste es uno de los últimos regalos que nos hace la naturaleza; y vivir de forma que los demás vean esta nueva libertad en nosotros puede ser también uno de los últimos grandes regalos que dejemos a nuestros seres queridos.

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