Vivimos en una sociedad donde las personas en ciertas situaciones y lugares son vistas y tratadas como mercadería. El hombre vale por lo que produce y consume y el sistema crea necesidades buscando que el ser humano consuma y gaste. A los niños se les educa con ese mismo espíritu materialista que desprecia a la persona. Así terminan creyendo que el hombre vale por lo que gasta y por el poder que tiene, de lo contrario es un ser inútil, un estorbo que hay que amontonar el algún rincón invisible de la ciudad o de la casa. Si bien es cierto hemos avanzado en humanidad en algunos aspectos, nos queda aún mucho por sanar. Tenemos males crónicos que al parecer no estamos dispuestos como humanidad a dejar de lado. Entre ellos las nuevas esclavitudes de nuestro tiempo como la droga, el consumismo, el individualismo y el materialismo reinante que cada vez nos aleja más de Dios.

Uno de los grandes males que hoy permanece señalando un desafío es la prostitución, dolorosa experiencia para muchos y muchas que viven de este antiguo mal.
Recuerdo que hace unos años atrás casi al comienzo de mi ministerio sacerdotal, visitando a las religiosas del hospital de la ciudad, me contaron que había una mujer que agonizaba hacia muchos días. Estaba muy mal. Siempre rezábamos por ella, pero personalmente no había subido a su sala donde se encontraba internada, hasta que lo hice. Me encontré entonces con un doloroso espectáculo que me impactó hasta las lágrimas. Sobre una cama estaba una mujer, apenas casi un cadáver con vida, llena de tumores que salían por todas partes de su cuerpo, de muy mal olor y con una mirada que suplicaba misericordia. Esa escena me dejó perplejo y oramos muy profundamente con la religiosa que me acompañaba pidiendo al Señor que le mostrara su rostro para que ella pudiera partir en paz. ¿Qué era lo que no la dejaba partir?... 
 
Durante su vida había ejercido la prostitución se había practicado abortos y había regalado un hijo al que nunca más volvió a ver. Su sentimiento de culpa era tan atroz, ¡era tanto el dolor que había en su corazón que no podía ver el rostro misericordioso de Dios que siempre la amó a pesar de su pecado!
 
Las religiosas le acompañaron hasta su muerte. Un trato de amor fraterno, orando por ella, como nunca antes había vivido… Con las religiosas dejo de ser una cosa, un objeto y se sintió amada. Esa oración permitió que ella pudiera fallecer en paz a la semana siguiente. Luego se preparó un funeral digno.
 
Esta escena me recuerda al personaje de Aldonza en Don Quijote de la Mancha. Ella, prostituta muy desinhibida hasta que se encontró con Don Quijote de la Mancha, quien la comenzó a tratar como su Dulcinea, su Dama… Podemos ver el proceso de humanización que ella vive a través de la obra. Descubre su valor como ser humano; que es digna, pues este hombre la hace soñar sin tratarla como los demás hombres quienes solo la buscaban como objeto de placer…
 
La mujer adultera a la que tantos hombres culpaban por su pecado, los mismos que seguramente la indujeron al él la llevan hasta Jesús donde ella encuentra consuelo, protección, alivio y salvación. “Nadie te condenado? Yo tampoco, le dice Jesús. Ahora vete y no peques más”.
 
Pero esto no es solo cosa de mujeres, también hoy existen hombres que la practican. Leía en un artículo de un periódico chileno la experiencia de un joven que se había dedicado a la prostitución; él lo veía como una forma fácil de ganar mucho dinero con hombres que pagaban por sus servicios. Con ese dinero estudiaba y se daba una vida holgada. Así, él hacía de sus clientes un objeto, al igual que los clientes con él.
 
Es el vacío existencial lo que daña a tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Los atrapa en su yo, haciendo imposible llegar a un nosotros, donde el hombre va al encuentro del otro y sale de sí mismo y plenifica su vida en ese encuentro… El doloroso individualismo, producto de una sociedad que se descristianiza en algunos lugares y segmentos sociales, hace que el ser humano quede atrapado en un narcisismo crónico donde se contempla en el otro y no puede ir al encuentro con el prójimo, amarlo y respetarlo como Hijo de Dios…
 
Hoy existen formas sofisticadas de prostitución. Ya no es necesario el burdel, hoy están los moteles, hoteles, baños públicos, saunas, discotheques, etc y en algunos casos la propia casa. ¿La razón?: satisfacer un vacio, una necesidad material o la soledad y el sin sentido. Incluso muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo ya no pagan ni cobran, solo se hace por placer, da los mismo si es soltero o casado, no importa tu condición… el otro es un producto que se vende o que se usa y luego se desecha. Recuerdo un muchacho que estaba en esa etapa de saber si era o no homosexual y para probárselo asistía a la capital de nuestro país para contactar jóvenes a los que les pagaba por tener intimidad con ellos. Para él era doloroso y estaba sumido en una profunda depresión por eso. Nuevamente el sin sentido, el vacío  existencial estaban allí presentes.
 
Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que debemos amarnos como el nos amó, que no hagamos al otro lo que no me gustaría que me hicieran a mí, que todo lo que hacemos al otro se lo hacemos a El…. Hoy vemos niños y niñas que son abusados sexualmente, esclavizados en redes de prostitución… Expuestos por situaciones familiares disfuncionales, por abandonos y miserias morales reinantes. Todo se compra con dinero, no hay límites en una sociedad hedonista que ha puesto en el lugar de Dios al yo…. He conocido mujeres que se han prostituido más de alguna vez en su vida por necesidades económicas y por dar de comer a sus hijos. Parece de novela pero es real. Pero también existen muchos y muchas que están enceguecidos por el dinero –los modernos ‘escort’-… prostitución de lujo, para un público con alto poder económico. Este mal histórico y actual, potenciado por Internet, no es solo propiedad entonces de los pobres materialmente, sino que es transversal. Si existe algo común en ellos es la miseria humana y la pobreza moral, la pérdida de sentido y el vacío existencial.
 
No hago juicio sobre las personas, sino respecto de la conducta en una sociedad que se estanca, pues irónicamente defiende los derechos humanos, hablando de igualdad de género, de libertad, de fraternidad, mientras muchos viven aún en la periferia material y moral de nuestro mundo.
¡Venga a nosotros tu Reino Señor, ten misericordia de nosotros y danos tu Salvación! Oremos por nuestros hermanos que se prostituyen…. Y para que encuentren el sentido de sus vidas en Dios.

 
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