Hoy, el Gender ocupa entre la intelectualidad europea progresista el papel simbólico, el imaginario que en los años cincuenta correspondió a la URSS de Stalin, y en los sesenta a Mao y Castro. Pero, la penetración práctica es mayor dado que la resistencia no tiene la misma fuerza, porque en el caso del Gender existe una alianza objetiva entre la izquierda progre y la derecha liberal. Unos, porque creen que están haciendo la revolución; y otros, porque constatan que es la mejor forma de desviarla.
 
En 2002 Martin Amis publicó un libro explosivo. Koba el Temible ( la versión española de Anagrama es de 2004), en el que narraba la brutalidad que significó el régimen estalinista, y la compresión, tolerancia, cuando no admiración que despertó en el mundo intelectual y académico. Sartre y Simone de Beauvoir  encarnan a la perfección el prototipo de líder intelectual y servidor ideológico de una gran falacia. El filósofo francés, tan importante durante unas décadas y depositado en la habitación del olvido, después, era tan decisivo, como lo expresa una frase del General De Gaulle, en relación a las actividades políticas de Sartre: “no se mete en la cárcel a Voltaire”. El autor del Ser y la Nada  no ha resultado ni de lejos tan memorable como François-Marie Arouet, pero después de la II Guerra Mundial lo parecía, incluso a pesar de que su vida durante la ocupación alemana, al igual que la de su compañera durante 51 años Simone de Beauvoir, fuera de difícil conciliación con un espíritu resistente.
 
Este filosofo fue, y como él otros más, un feroz estalinista, un promotor de sus bondades a pesar de las evidencia de que Stalin era un asesino de masas, defensor de la teoría de que “la muerte soluciona todos los problemas. No hay hombre, no hay problema”  Aunque como subraya con trágica ironía Martin Amis “siempre queda el cadáver” y eso si acarrea graves dificultades.
 
Para Simone el estalinismo no era santo de su devoción, aunque ello no significó que lo repudiara, como lo constatan  los  viajes con Sartre a la URSS.  Stalin le parecía demasiado autoritario -no asesino- para su idea radical de libertad, perfectamente compatible con sus  fotografías  hagiográficas con Mao y Fidel Castro. ¿Cómo es posible que intelectuales que tuvieron  tanta influencia -Simone aun la tiene en el feminismo- y prestigio compartieran y defendieran ideologías que entonces unos, y hoy la inmensa mayoría, consideran aberrantes y dañinas? No es mi intención responder a tamaño interrogante, pero sí señalar el precedente de que la intelectualidad, los estados de opinión culturalmente hegemónicos en un momento determinado, pueden ser fruto de una alienación cuando no son capaces de aceptar la realidad, los hechos. Es lo que sucede con la ideología de género.
 
El caso de la escritora francés ofrece un join point, un punto de cruce interesante, que se construye al unir su condición de teórica del feminismo de género y su orientación lésbica -propia de muchas teóricas de este campo (Tuvo múltiples relaciones lésbicas con sus alumnas. A una de sus amantes, Sylvie Le Bon, le dio su apellido y la nombró su albacea testamentario), con su colaboración y admiración por sistemas tan totalitarios como el encarnado por Mao. Y esto nos conduce de pleno a la llamada Revolución Cultural china, que ocupo el espacio de notoriedad – junto pero separado del castrismo- en la iconografía intelectual  europea de los años sesenta y la primera parte de los setenta, como antes lo había ocupado la URSS estalinista en la década precedente.
 
La hegemonía cultural del maoísmo europeo fue tal que quienes en los ambientes intelectuales discrepaban de la  revolución, y de la patraña del Libro Rojo era expulsados de  la consideración intelectual por reaccionarios. Un ejemplo de este maltrato es el del Belga Simon Leys, el seudónimo de Pierre Ryckmans, especialista en lengua y cultura china, y cuyos brillantes ensayos -reconocidos con este adjetivo con posterioridad-  como Los Nuevos trajes del presidente Mao, y George Orwell o el furor de la política, le valió la excomunión intelectual, por exponer hechos que mostraban la barbarie del pensamiento maoísta. La intelectualidad francesa, en aquel periodo, sin duda la más prestigiosa de Europa y que tanta influencia ha tenido entre nosotros, fue cómplice y divulgadora de aquella doctrina.
 
En realidad el maoísmo, como antes el estalinismo, odiaban la cultura, a la que entendían solo como ideología, en el peor sentido del término, como espejo que deforma la realidad. De manera que toda obra cultural, todo pensamiento intelectual, o bien era instrumentalizado al servicio de su visión totalizadora, o bien era liquidado de la historia humana, censurado o vituperado. Y esto servía tanto para la dimensión religiosa, las humanidades y la creación artística, como para la ciencia y la técnica.
 
Y esa es también la posición intelectual y política del Gender ante cualquier manifestación cultural del pasado y del presente. Esta actitud, que reduce a pura basura ideológica la historia humana, forma parte del mismo complejo de rechazo a los hechos. Sean las bases que sirven para apoyar su especulación ideológica, sean las consecuencias que provocan sus ideas y la valoración de las mismas. Y para conseguirlo es necesario amedrentar, silenciar, censurar excluir a las personas y grupos que propagan ideas afines, una actitud que se manifiesta, por ejemplo en la censura histérica sobre determinadas manifestaciones. Un ejemplo espectacular se producía teniendo como protagonista al Ayuntamiento de Girona, que exigía la retirada de la vía pública de un cartel publicitario de un circo, porque en el mismo aparecían “dos patinadoras” (sic) en una actitud que no guardaba relación con el circo, de naturaleza “sexista” ¡Dos patinadoras! Y todo esto en la provincia donde por el efecto de la proximidad con Francia existe un mayor número de prostitutas en relación con su dimensión demográfica. ¿Puede ser mayor una ceguera ideológica que persigue un cartel con dos patinadoras y mira hacia otro lado ante esta explotación infame de la mujer que es la prostitución? Aunque tampoco es tan extraño, porque unos días antes se había clausurado en Barcelona un salón de la pornografía, que entre otras actividades proporcionaba relaciones sexuales por 200 euros, todo en un Pabellón Municipal de naturaleza olímpica, el Velódromo. En este caso es una feminista de género confesa quien regenta la ciudad, la alcaldesa Ada Colau, la colaboradora necesaria.
 
Una ideología que es capaz de generar tamañas contradicciones es una falacia, y su predicamento intelectual ahora no significa nada más de lo que significó en el pasado el estalinismo y el maoísmo. Catástrofes humanas que el tiempo y el valor de quienes defienden la realidad basada en los hechos, envía al vertedero de la historia. Después, a pelota pasada, una vez desaparecida, siempre se podrá decir que, en este u otro aspecto, tuvieron un resultado positivo. Claro que sí, pero siempre a condición de haberlos enviado antes allí donde son inofensivos.


Fuente: ForumLibertas


 
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