Después de los tristes atentados en París, empezó oficialmente la guerra de Francia contra el Estado Islámico. Esta crisis internacional ha robado la tranquilidad a Occidente, y a muchos les ha puesto a prueba su confianza en Dios. ¿Está cerca otra gran guerra global?
 
 1. Un inesperado cambio de enfoque. Desde el trágico atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, aquel 11 de septiembre de 2001, fuimos testigos de una guerra de las potencias occidentales contra grupos terroristas.

Nuestro paradigma en aquel momento consistía en que las batallas se libraban en la geografía de Medio Oriente, de manera que América y Europa estaban a salvo, lejos de las acciones bélicas. Pero, después de París, la guerra llegó a nuestra propia casa.

Ahora ya nos detuvimos a pensar en la tragedia que es cada guerra: en las familias que sufren la muerte de sus padres o hijos, en los bosques arrasado y las ciudades bombardeadas. Pero esto no es nuevo para la otra parte del planeta: ¡la guerra siempre ha estado presente en Medio Oriente y en África!

Por eso, el Papa Francisco al mostrar su dolor y su condena por atentado en París, insistió una vez más en que estamos viviendo una “tercera guerra mundial a pedazos” (News.va, 14 nov. 2015). Es decir, llevamos décadas con conflictos militares en muchos lugares del planeta, pero no se suele hablar de ellos.
 
2. Los Pontífices y la paz del mundo. La preocupación por la paz mundial ha estado en el primer lugar de las preocupaciones de los papas de los siglos XX y XXI. Pío XI adoptó como lema “la paz de Cristo en el reino de Cristo”, y expresamente manifestó que deseaba continuar los esfuerzos puestos por Pío X, al que consideraba un precursor en la obra de restablecer la paz, la cual fue el programa del pontificado de Benedicto XV.

A Pío XII le tocó en su primera encíclica, después de estallar la segunda guerra mundial, comprobar cómo humanamente se venía abajo el ideal de su predecesor: “En medio de este mundo, que hoy ofrece un contraste tan estridente con la paz de Cristo en el reino de Cristo, la Iglesia y sus fieles atraviesan años de prueba” (Enc. Summi Pontificatus , 20-X-1939, n. 36).
 
3. La “fórmula” de Juan Pablo II. El Papa polaco explicaba que hay un límite para el mal y las guerras, aún cuando parece que nunca desaparecerán. Ese límite consiste en el perdón, porque “¿qué significa perdonar sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que, en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios” (cfr. Memoria e identidad, 27-36).

En esta misma línea, ha sido sobrecogedor el mensaje que Antonine Leiris dirigió a los terroristas del ISIS que asesinaron a su esposa en los atentados de París. En su publicación (que se hizo viral), les dice: “no tendrán mi odio”, y también promete que no permitirá que su pequeño hijo de solo 17 meses de edad crezca con temor ni odio al ISIS.

Juan Pablo II escribió también que el nazismo parecía haber llegado para quedarse, pero que desapareció, por que la Misericordia Divina le puso un límite. Es decir, el mal sólo llega hasta donde Dios lo permite (cfr. Ibidem, 74-75).
 
Nos llegaron tiempos de guerra, pero con un formato diferente a los anteriores. Ahora el conflicto militar es contra terroristas y el escenario de combate son nuestras propias ciudades. Junto con las medidas políticas y militares, es necesario que el pánico inicial ceda su lugar al perdón y que la desconfianza se convierta en una petición sincera a Dios para que ponga ya límite al mal. Ahí están las claves para que retorne la paz.


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